—Vaya una facha rara que debemos de tener—decía la baronesa.

A la hora y media de salir del pueblo, de repente, a la revuelta de un sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto a lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las sombras. Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación. Esperaron unas horas, y a la mañana del día siguiente llegaron a Madrid.

La baronesa estaba azorada, fueron a una casa de huéspedes, les preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje no les tomarían, a no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron a parar los tres a un hotel de tercera clase.

Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.

Escribió una carta humilde a su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate para llorar.

La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que esperara unos días a que recibiera una carta, pero la mujer de la fonda, a quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la pagaban, avisaría a la justicia.

Kate, al ver a su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.

—Voy a ver al embajador de mi país—dijo Kate resueltamente.

—¿Tú sola? Iré yo.

—No, que me acompañe Manuel.