Fueron los dos a la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su tarjeta Kate a un portero e inmediatamente la hicieron pasar. Manuel, sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable.
Éste la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.
El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente a la puerta y permaneció con el sombrero en la mano.
Kate se despidió del anciano señor; luego dijo a Manuel:
—Vamos.
Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.
—Ya está todo arreglado—dijo la muchacha a Manuel—. El embajador ha telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta a la Embajada.
Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas a doblegarse y a ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un poder y una fuerza extraordinarios.
La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura besó a Kate repetidas veces y lloró amargamente.
Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un cheque para que se pusieran en camino.