A pesar de lo que le prometió la baronesa a Manuel, éste comprendió que no le llevarían a él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena y para ella.
Una tarde de otoño se fueron madre e hija. Manuel las acompañó en coche hasta la estación.
La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como siempre, al parecer serena y tranquila.
En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra.
Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la estación pálido, de un lado a otro.
La baronesa prometió al muchacho que volverían.
Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.
—Vamos, bájate—dijo la baronesa—. El tren va a empezar a andar.
Manuel ofreció la mano tímidamente a la Nena.
—Abrázala—dijo su madre.