Manuel apenas se atrevió a rodear el talle de la muchacha con sus brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.

—Adiós, Manuel—le dijo—, secándose una lágrima.

Echó andar a el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano; pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha. Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos, y Manuel se llevó las manos a los ojos y sintió que estaba llorando.

Roberto le agarró del brazo.

—Vamos de aquí.

—¿Es usted?—le dijo Manuel.

—Sí.

—Han sido muy buenas para mí—añadió Manuel tristemente.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I