Sandoval.—Los sapos de Sánchez Gómez. Jacob y Jesús.

Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.

—¿Y otra vez a empezar?—le dijo Roberto.—¿Por qué no te decides de una vez a trabajar?

—¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En alguna imprenta...

—¿Te decidirás a entrar de aprendiz sin ganar nada?

—Sí; ¿qué voy a hacer?

—Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora mismo. Vamos.

Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió a la puerta y les dijo que aquél por quien preguntó Roberto estaba durmiendo y no quería que se le despertase.

—Soy amigo suyo—replicó Roberto—, yo le despertaré.

Entraron los dos por un corredor a un cuarto obscuro, en donde olía a iodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó.