—¡Sandoval!

—¿Qué hay? ¿Qué sucede?—gritó una voz fuerte.

—Soy yo; Roberto.

Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande.

Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba negra.

—¿Qué hora es?—dijo desperezándose.

—Las diez.

—¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado; tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.

Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha pintada, con aire de mal humor.

—Anda, tráeme la ropa—la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en la cama, bostezó estúpidamente y se puso a rascarse los brazos.