Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus asuntos.

Roberto echó una rápida mirada a su reloj, dejó la pluma, se levantó, y paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable del cuarto.

—¿Quién te ha dicho dónde vivía?—preguntó.

—En una academia.

—¿Y quién te ha indicado la academia?

—El Superhombre.

—¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo?

—Desde hace unos días.

—¿Y qué piensas hacer?

—Pues estar a lo que salga.