—¡Bah! Escríbele; es mejor.

—Ya le escribiré.

—No, ahora; ponle unas letras.

Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer; el suelo estaba lleno da puntas de cigarro, de trozos de periódico y de pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y de carbones apagados.

Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles, hasta que lo encontró. Se fué a lavar en la palangana del aguamanil, llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos de mujer.

—¿Quieres echar el agua?—dijo el periodista a la muchacha humildemente.

—Echala tú—contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.

Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano, después volvió, se lavó y fué vistiéndose.

Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena de abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.

Después de vestido Sandoval, se transformó a los ojos de Manuel; tomó un aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y Roberto y Manuel salieron de la casa.