—Se ha quedado maldiciendo de nosotros—dijo Roberto.
—¿Por qué?
—Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan trabajar.
Salieron los dos nuevamente a la calle de San Bernardo y entraron en una callejuela transversal. Se detuvieron frente a una casa pequeña que salía de la línea de las demás.
—Esta es la imprenta—dijo Roberto.
Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de que aquello fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimentos. Se amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el techo. En medio de este segundo compartimento un hombre barbudo, flaco y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que movía la prensa.
Subieron Manuel y Roberto por la escalera a un cuarto largo y estrecho que recibía la luz por dos ventanas a un patio.
Adosadas a las paredes y en medio estaban los casilleros de las letras, y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.
En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los anteojos puestos, se paseaba de un lado a otro.
Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo cogió la carta y gruñó malhumorado: