—No sé para que me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!...

—Este es el chico a quien hay que enseñarle el oficio—interrumpió Roberto fríamente.

—Como no le enseñe yo la...—y el cojo soltó diez o doce barbaridades y un rosario de blasfemias.

—¿Hoy está usted de mal humor?

—Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los santísimos... ¿Sabe usted?

—Bueno, hombre, bueno—repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de teatro, de los que oye todo el mundo:—¡Qué paciencia hay que tener con este animal!

—Es una broma—siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte—; que el chico quiere aprender el oficio, ¿y a mí qué?; que no tiene que comer, ¿y a mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco.

—¿Le va usted a enseñar o no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no quiero perder el tiempo.

—¡Ah, usted no quiere perder el tiempo! Pues váyase usted, hombre; a bien que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico; usted aquí estorba.