—Gracias. Tú quédate aquí—dijo Roberto a Manuel—, ya te dirán lo que tienes que hacer.
Manuel quedó perplejo, vió a su protector que se marchaba, miró a todos lados, y viendo que no le hacían caso se fué acercando a la escalera y bajó dos peldaños.
—¡Eh! ¿Adónde vas?—le gritó el cojo—. ¿Es que quieres o no quieres aprender el oficio? ¿Qué es esto?
Manuel quedó nuevamente confuso.
—Eh, tú, Yaco—gritó el cojo, dirigiéndose a uno de los hombres que trabajaban—, enséñale la caja a este choto.
El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima, que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente a Manuel y volvió a su trabajo.
El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono burlón, con una canturia extraña:
—¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras?
—Enséñale tú—contestó el que llamaban Yaco.