—Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No quieres perder tiempo, Yaco?
El de la barba arrojó a su compañero una mirada siniestra; el rubio se echó a reir y le indicó a Manuel en dónde estaban las letras; después trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y dijo:
—Ves echando cada letra en su cajetín.
Manuel comenzó a hacerlo con mucha lentitud.
El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, a un lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de cajetín a cajetín.
Con frecuencia se paraba a encender un cigarro, miraba a su barbudo compañero y le preguntaba una cosa, o muy tonta o de esas que no tienen contestación posible, en tono jovial, pregunta a la cual el otro no contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.
Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió.
A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de distribución de letras, y Jesús y Yaco en la de componer.
El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras.