Jesús a media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas.
El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se repetía la misma operación.
Luego de trabajar toda la tarde iban a salir a las siete, cuando Manuel se acercó a Jesús y le dijo:
—¿No me dará el amo de comer?
—¡Quia!
—Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.
—¿Ah, no? Anda, vente conmigo.
Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le dijo a Manuel:
—Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no haces una charranada.