—Descuide usted.

—Bueno, vamos adentro, hoy convido yo.

Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa.

Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de vista.

Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle.

Al concluir de cenar, Jesús preguntó a Manuel:

—¿Tienes sitio donde dormir?

—No.

—Ahí, en la imprenta, debe haber.

Volvieron a la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera a Manuel dormir en algún rincón.