—Moler—exclamó el cojo—, esto va a ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya una golfería! Porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo viene. Claro. A la gandinga.
Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.
Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.
Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.
—Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo—le dijo, indicándole al hombre flaco y barbudo subido a la plataforma de la máquina.
Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la platina, venían al momento las lengüetas de la prensa a agarrar la hoja con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.
El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano, pero de noche imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.
A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y se tuteaba con los dos.
Jesús le aconsejaba a Manuel el que se aplicase en las cajas y aprendiera pronto a componer.
—Al menos se tiene la pitanza segura.