—Pero es muy difícil—decía Manuel.

—Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de agua.

Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza; algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el verlas después impresas.

Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco (Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas.

Le entusiasmaba a Jesús sacar a Jacob de sus casillas y oirle decir maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las eses.

Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él, en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y de castellano arcaico que sonaba a algo muy raro.

—¿Te acuerdas, Yaco—le decía Jesús remedándole—, cuando llevaste a Mesoda, a tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué es ese pasharo que tiene las plumas amarias? Y tú le contestabas: ¡Ah, Mesoda!, este pasharo es un canario y te lo traigo para .

Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible a Jesús y le decía:

—¡Ah roín, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los vivos!

—Y cuando Mesoda—proseguía, Jesús te decía—: Finca aquí, Yaco, finca aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el corasón, un martio en cada sién y un pescao en la nuca. ¡Llámale a mi babá, que me traiga una ramita de letuario, Yaco!