—¿Yo? No, señor.

—Pues eso me disen en la carta, ¿sabe?... Que tiene uté siete hijos y que por su aspecto podré comprender que etá en el último período de tisis, ¿sabe?

González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero que había tenido un padre que había estado tísico, y como había tenido el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico, que ya lo estaba en principio, de modo que aunque no lo fuera, era casi lo mismo que si lo estuviera ya.

—Yo no comprendo eso, ¿sabe?—dijo el general, después de escuchar una argumentación tan deficiente—; yo entiendo que eso é una macana, ¿no? No se puede etá tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en fin—y largó un billete doblado entre sus dedos—, tome y váyase, y no sea pendejo.

—Esta gordura es falsa—replicaba humildemente González Parla, cogiendo el billete—. Es la patata que come uno, y se escabulló avergonzado.

El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el redactor flaco y el redactor gordo, con gran indignación de Sampayo. Este se prometió no darles ni un céntimo durante meses.

Fresneda, en las últimas boqueadas del hambre tuvo la única frase enérgica de toda su vida.

—Yo le daré a usted una recomendación para el ministro—le dijo el director, contestando así a una petición de dinero.

—Para morirse de hambre, señor de Sampayo—contestó con energía no exenta de su proverbial finura Fresneda—, no se necesitan recomendaciones.