Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable, llamando al director señor Sampayo a cada momento, le exponían su crítica situación, Sampayo entregó a Fresneda una carta para un general americano, pidiéndole dinero. Puso a su redactor la condición de que todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja.
Al salir a la calle los dos redactores, González Parla le exigió a su compañero la carta, y el hombre espectral se la dió.
—Yo iré a verle a ese braguetón de general—dijo González Parla—y le sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra mitad para mí.
El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general.
El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la carta del director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó, contemplándole de arriba abajo:
—¿Uté es el señó Fresneda?
—Sí, señor.
—¿Etá uté seguro?
—Claro; soy yo.
—Pero uté etá tísico, ¿no?