A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.

Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis..., veintisiete, hasta llegar a ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la gimnasia se llamaba Langairiños.

Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños. González Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda. Hablaba brutalmente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; a los políticos braguetones y a los periódicos de Sánchez Gómez, los sapos.

El otro redactor, Fresneda, podía apostar a finura al hombre más fino y almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor a todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras.

González Parla y Fresneda necesitaban recurrir a toda clase de expedientes para obligar a Sampayo, el propietario de Los Debates, a que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba nunca.

Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle.

Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos años; había conseguido varias veces el cargo de Gobernador, gracias a su mujer, una real hembra, en sus buenos tiempos, capaz de obtener cualquier cosa de un Ministro. En los gobiernos civiles por donde pasó el matrimonio no quedaron ni los clavos.

La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos señores ricos, pero en justa reciprocidad era tan superhembra y tan tolerante, que buscaba siempre criadas guapas y amables para que su marido estuviese satisfecho.

¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando llegaba la señora de Sampayo a su casa, un tanto fatigada, después de alguna aventurilla, se encontraba a su esposo con su noble aspecto cenando mano a mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente.

El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos después, que siempre encontraba medio de sacar algunos cuartos.