Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista despreciaba esas frases vulgares como «la señorita Pérez rayó a gran altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra» y otras de la misma clase.

En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas sus ideas acerca del mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista tenían influencia, dinero o talento..., él replicaba: Sí, sí, ya sé quien dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían o dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta.

La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un hombre que no fuera él valiese más que otro.

Su obra maestra era un artículo titulado Todos golfos. Se trataba de una conversación entre un maestro del periodismo—él—y un aprendiz de periodista.

Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:

El aprendiz.—Hay que tener principios.

El maestro.—En la mesa.

El aprendiz.—Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.

El maestro.—Se le van a indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de la casa de huéspedes.

El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.