De todos los periódicos allí impresos, Los Debates constituían un buen negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era Los Debates—utilizando los símiles empleados en el diario—terrible ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para las exigencias de los acreedores.

El chantage, en manos del director del periódico, se convertía en terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni el cañón de treinta y seis podía comparársele.

El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres columnas propias.

Estas columnas las fabricaba un gallegote, macizo y grueso, de aspecto cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre muerto de hambre.

Langairiños, el Superhombre, pertenecía a la redacción de Los Debates, pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se estampaban en los nueve sapos nacidos en el sótano de la imprenta de Sánchez Gómez.

Indudablemente, es hora de presentar a Langairiños. Le llamaban, en broma, los periodistas el Superhombre y, abreviando, el Súper, porque siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche, sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.

Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en Los Debates o en El Tiempo, en El Mundo o en El Radical, era Ernesto Langairiños.

¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca en una tarde de verano, ¡Langairiños! Un sueño.

El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años; abdomen pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.

Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral, alguna de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era grotesco, aseveración falsa a todas luces, pues, a pesar de que su indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho dandysmo; a pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban rodilleras y flecos y sus americanas constelaciones de manchas; a pesar de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.