El nuevo cargo emancipó a Manuel de la obligación de barrer la imprenta y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en donde él vivía; un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron en el parador, por ocho reales a la quincena, un cuartucho con una cama, una silla de paja rota, y una estera colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador eran, poco más o menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías idénticas, y puertas numeradas.

Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos, panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus soportes altos de hierro terminados en poleas, y alrededor el Rastro; a un lado, vertederos ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el paisaje árido, y sus lomas calvas amarillentas se escalonaban hasta perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles con su ermita en la punta.

En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel había un carpintero y su mujer que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban a la chica de una manera bestial.

Manuel estuvo muchas veces dispuesto a entrar en el cuarto, porque suponía que aquellos bárbaros martirizaban a la niña.

Una de las mañanas que encontró a la carpintera, le dijo:

—¿Por qué pegan ustedes así a la chica?

—¿Te importa algo?

—Claro que me importa.

—¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.