—Así debía haber hecho su madre con usted—le contestó—, quitarla de en medio a palos por bruja.
Refunfuñó la mujer y Manuel se fué a la imprenta.
Por la noche, el carpintero detuvo a Manuel.
—¿Qué le has dicho tú a mi señora, eh?
—Le he dicho que no debía pegar a su hija.
—Y a ti, ¿quién te mete a decir nada?
El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.
Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa pronto.
En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones; una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres como cabras.
La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima a la de Manuel, y esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharán más sus relaciones de amistad.