Jesús era un excelente muchacho, pero se emborrachaba con una frecuencia lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra una pobre enclenque, torcida y escrofulosa, a quien todos le decían, implacablemente, la Fea.

A los dos meses o cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono irónico peculiar, le dijo a Manuel cuando marchaban los dos a la imprenta.

—¿No sabes? Mi hermana está preñada.

—¿Sí?

—Vaya.

—¿Cuál de las dos?

—La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz.

El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia.

A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero Jesús salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no se debía ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni de nadie.

—Buena teoría para los egoístas—le dijo Manuel.