—La familia no es más que el egoísmo en beneficio de unos pocos y en contra de la humanidad—contestó Jesús.

—Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de tu familia—le replicó Manuel.

Por esta cuestión volvieron a discutir varias veces y llegaron a decirse cosas muy agrias y mortificantes.

A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía indignación al ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su hermana y la enviasen a hacer recados y la obligasen a barrer cuando la pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa. Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó a charlar con Jacob y a hacerle preguntas acerca de su país.

A Jacob, a pesar de que según decía no le había ido muy bien en su tierra, le gustaba hablar de ella.

Era de Fez y tenía un entusiasmo grande por esta ciudad.

—La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.

Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de su país.

Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos, asnos y dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y su cabeza pequeña, que se balancea como la de las serpientes, con los ojos apagados que miran al cielo; y al oirle mientras peroraba se creía estar atravesando aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los mercados constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y caracterizaba a la gente que acudía a ellos; los moros de las cabilas próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los hechiceros, los narradores de cuentos de las Mil y una noches, los médicos que sacan los gusanos de los oídos.