Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas, jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de los cuervos que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de una capa negra.
Pintaba el efecto que causaba ver treinta o cuarenta bereberes a caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad; por los caminos, gentes sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras se preparaba el cus-cus, tocando el guembrí y cantando canciones soñolientas y tristes.
Un sábado, Jacob le convidó a Manuel a comer en su casa.
Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela próxima al paseo de Areneros.
La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una o dos mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.
Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa con una túnica obscura y una gorra, a su mujer Mesoda y a una niña de ojos negros llamada Aisa.
Se sentaron todos a la mesa; el viejo pronuncio unas cuantas palabras gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración en judío, y comenzaron a comer.
La comida tenía gusto a hierbas aromáticas fuertes, y a Manuel le pareció que mascaba flores.
En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda la familia, contó a Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su narración Prim, el señor Juan Prim—como decía él—tomaba proporciones épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se ruborizaba por cualquier cosa.