Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de aquellos instrumentos primitivos.
Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando en cuando.
Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el parador se encontró en el pasillo que conducía a su cuarto con un grupo de comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas.
La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida asistiendo enfermos.
—¿Pero qué ha hecho Jesús?—preguntó Manuel al oir los dicterios de las mujeres contra el cajista.
—¿Qué ha hecho?—contestó una de las comadres—, pues ná, que ha resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una pécora más mala que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao a la bebida, y la zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba la Fea.
—Eso no puede ser verdad—replicó Manuel.
—¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.
—Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos—añadió una de las mujeres.