—Tanto como la que más—replicó la comadre oradora—. Se lo ha contao tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao tóos los quisquis, fué la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago de aguardiente y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó borracha. Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra, viéndola en la cama a la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la necesitamos nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me entienden ustés, y va y pone a su hermana a la puerta. La Fea, que no sabía lo que se hacía, salió a la calle, y uno del Orden, al verla curda, la lleva a la delega y la mete en un cuarto obscuro, y allí algún tío...
—Que estaría también curda—dijo un albañil que se detuvo a oir la relación.
—Pues ná...—añadió la comadre.
—Si llega a haber luz, pa mí que no hay nada, porque el compadre, al ver la cara de la socia se asusta—añadió el albañil siguiendo su camino.
Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó a la puerta del cuarto de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida, con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta con telas de sacos, parecía un cadáver, el médico la fajaba en aquel momento; la señora Salomona vestía el recién nacido; un charco de sangre manchaba los ladrillos.
Jesús, arrimado a la pared en un rincón, miraba al médico y a su hermana, impasible, con los ojos brillantes.
El médico pidió a las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas; cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de tablas, y colocaron con cuidado a la Fea. Estaba la pobre raquítica como un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, a pesar de que no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño a su lado, cambió de postura e intentó darle de mamar.
Manuel, al notarlo, miró a Jesús con ira.
Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.
El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió a Jesús, lo llevó al extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto a hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero a la Fea, lo prometía.