Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que le pusieron como un trapo.
El no negó nada. Al revés.
—Durante el embarazo—dijo—ha dormido en el suelo sobre la estera.
Todas las comadres cementaron indignadas las palabras del cajista. Este se encogía de hombros estúpidamente.
—¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!—decía una.
Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, a la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz a la parturienta.
La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús, ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, en los días posteriores, iba de su casa a la imprenta sin hablar una palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.
Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño a la Fea; exigían el jornal entero a Jesús, quien lo daba sin inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado e hidrocéfalo, murió a la semana.
La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía se había lanzado a la vida.