El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía secretario o escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al andar e iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de San Vicente de Paúl, visitaron a la hermana de Jesús y a otras personas que vivían en rincones y tabucos de la casa.
Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, que no hacían más que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así que anduvieron por su casa como por una extraña.
—¡Hipócritas!—decía el albañil a voz en grito.
—Pero, hombre. ¡Cállese usted!—exclamó Manuel—que le van a oir.
—¿Y qué?—replicaba el vecino—. ¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A qué vienen aquí a echárselas de caritativos? A hacer el paripé, a eso vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber? ¿que vivimos mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.
Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.
En una silla, a la luz de una candileja, cosía una mujer joven.
Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro.
El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que le pasaba a la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó un sin fin de miserias y dolores.
La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria.