Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.
—¿Usted es don Alejo?—le preguntó Manuel.
—Sí, ¿que hay?
—Yo soy amigo de don Roberto, y he venido a verle hoy y le he dicho que no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.
—Tendrás que acostarte en el sofá—dijo el de la blusa blanca—, porque no hay otra cama.
—No importa. Estoy acostumbrado.
—¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?
—Yo no.
—Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.
El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba modelando y comenzó a levantar otra figura.