—¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?
—No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El libro queda allá. Yo he mandado a Londres mi escrito; cuando venga el exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán a Labraz y, ante ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja.
Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo, de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y se puso a escribir de nuevo.
Manuel se levantó.
—¿Qué, te vas?—le dijo Roberto.
—Sí; ¿qué voy a hacer aquí?
—Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.
—Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes a dormir, adviérteselo a mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex.
—Bueno; sí, señor.