—¿Y yo entro en todo lo demás?
—Sí, porque si no me desviaría de mi camino.
—Es usted inflexible.
—Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal, trabajador, a quien llegaría usted a querer; ese hombre ha resultado un miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.
—Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo otras aspiraciones, yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza porque nadie le entiende, yo sigo adelante.
—Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición? ¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y luego, después, dejarle a usted abandonada? Yo tengo mi conciencia. Quizá sea rectilínea como mis aspiraciones; es así.
—No hay salvación; mi vida está aniquilada—murmuró Esther con la mirada brillante.
—No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables; luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo, la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.
Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.
—Adiós; trataré de seguir sus consejos—y tendió su mano.