Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.
Iba a marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño que implora:
—¡Oh, no se vaya usted!
Roberto volvió.
—Yo no le desviaré de su camine—exclamó Esther—. Lléveme usted de aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone. Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.
—Vamos—murmuró Roberto emocionado—. ¿No le va usted a avisar a Bernardo?
Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes; «No me esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó a Roberto que esperaba a la puerta.
—Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por compromiso, no—dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas.
—Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos—repuso él con cariño. Ella entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de la frente, la besó con dulzura.
—No, así no, así no—exclamó Esther temblando, y agarrando a Roberto por las muñecas le presentó los labios.