Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó a su cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la cabeza a los pies.

—¿Vamos?

—Vamos.

Salieron de casa.

Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la mano, murmuraba:

—¿Y mi padre? ¿Qué va a ser de mi pobre padre?

CAPÍTULO V

Paro general.—Juergas.—El baile del Frontón. La iniciación del amor.

La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo a los dos huérfanos recogidos por el cajista el día de Nochebuena, y la Salvadora y el chiquitín entraron a formar parte de la familia.

Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición a limpiar, a barrer, a fregar, a sacudir, que a Jesús y a Manuel les fastidiaba; le gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de enérgica. Ella dispuso llevar la comida a Jesús y a Manuel, porque gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba más que ella, iba a la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.