—La chica esta no nos va a dejar vivir—decía Jesús.
La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, a pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez más sombrío y más tétrico.
Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la imprenta, Jesús le preguntó a Manuel:
—Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?
—¡Pse!
—¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?
—¿Y qué le vas a hacer?
—Cualquier cosa preferiría yo a esto.
—¡Si estuvieras solo como yo!
—La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir—dijo Jesús—. En la primavera—añadió—tenían que hacer los dos un viaje a pie por los caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro, que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.