Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por delante de ellos una estudiantina tocando un alegre pasodoble. Empezaba a nevar; hacía mucho frío.
—¿Vamos a cenar hoy bien?—dijo Jesús.
—En casa nos estarán esperando.
—¡Que esperen! Un día es un día. Vamos a estar ahí toda la vida pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué?
Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo y en la de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras cenaban hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.
—Ahora hay que ir al baile del Frontón—murmuró Jesús con voz estropajosa a los postres—. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga juerga!, y la imprenta pa el gato.
—Eso es—repetía Manuel—, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla. ¡Anda, tú!
Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en una taberna a tomar dos copas.
Tropezando con todo el mundo llegaron a la calle de Tetuán, y allí se empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le echaban fuego.
—Anda, vamos—le dijo a Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel vaciló en quedarse allí o en salir a la calle; pero se decidió por marcharse y dejó a Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de la taberna.