Manuel salió a la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante sus ojos, le mareaban. Llegó a la Puerta del Sol. En la esquina de la Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía a hablar con los hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella.
Esta tenía la cara abotagada y erisipelada.
—Tú, ¿qué haces?—le dijo Manuel bruscamente.
—¿No lo ves? Vender Heraldos.
—¿Y nada más?
Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:
—Y jugar.
Manuel estaba con el corazón palpitante.
—¿No tienes novio?—la dijo.
—No quiero chulos.