—¿Por qué no?

—Pa que la quiten a una el dinero que gana y la harten, además, de palos. Sí, sí...

—¿Cuánto quieres por venir conmigo?

—¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra!

—¿Qué no?

—Vaya que no.

—Yo tengo—murmuró Manuel con jactancia—cinco duros, para tirarlos y tú no me sirves a mí para nada.

—Y tú a mí ni pa la limpieza.

—Oye—añadió Manuel, y agarró a la muchacha del brazo y le dió un empellón.

—Vamos, ¡quita, asaúra!—gritó ella.