—Ya lo creo.
El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas.
Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande, otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía. Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex; pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles. Todas eran símbolos.
Después de mostrar sus obras Alex, se sentó en una silla.
—No me dejan trabajar—exclamó con abandono—y lo siento, no creas que por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en Europa retrocede cien años.
Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá a dormir.
Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido elegantemente y escribiendo en su mesa.
—¿Está usted ya levantado?—le dijo Manuel con asombro.
—Hay que madrugar, amigo—contestó Roberto—, yo no soy de los que están a lo que salga. No viene la montaña a mí, pues yo voy a la montaña, no hay más remedio.
Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la montaña, y desperezándose se levantó del sofá.