—Anda—le dijo Roberto—, ve por un café con media tostada.
Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.
—¿Quiere usted alguna cosa más?—preguntó Manuel.
—No, nada.
—¿No piensa usted volver hasta la noche?
—No.
—¿Tantas cosas tiene usted que hacer?
—Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez páginas, voy a la calle de Serrano a dar una lección de inglés; de aquí tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la traducción. Salgo a las doce, voy a mi restaurant, como, tomo café, escribo mis cartas a Inglaterra y a las tres estoy en la academia de Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis a ocho paseo, a las nueve ceno, a las diez estoy en el periódico y a las doce en la cama.
—¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho—dijo Manuel.
—De 80 a 90 duros.