—¿Y vive usted aquí?

—Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos los meses 30 duros a mi familia para que mi madre y mis dos hermanas vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 o 20 duros, y con lo demás voy pasando.

Manuel contempló con admiración profunda a Roberto.

—Pues hijo—exclamó Roberto—, para vivir no hay más remedio. Y es lo que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás.

Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él de desenvolver una actividad semejante, pero se calló.

Esperó a que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de las dificultades de la vida.

—Mira, por ahora me sirves de modelo—dijo Alex—, y ya encontraremos alguna combinación para comer.

—Bueno, si señor, como usted quiera.

Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos y calculó que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar un modelo. Los dos se decidieron a alimentarse de conservas y de pan.

No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo que al ir a detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza, las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el modelar exactamente un brazo o una pierna era una labor indigna y decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el trabajo, corroboraban su idea.