Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos, parecían pantallas para ocultar sus defectos.
Hacía un retrato o un busto, y se le decía: No se le parece, y él contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo.
Manuel se fué aficionando a las reuniones del estudio por la tarde, y escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex.
Dos o tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en café, reuniéndose en cualquier parte para tener el gusto de hablar mal de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que a Manuel, que no tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía si hablaban en serio o en broma; les oía cambiar de opinión a cada momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan contradictorias.
A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste o del otro exasperaba a todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención mortificante y agresiva.
En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa, solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos e indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo viejo, grave, enjuto; se llamaba don Servando Arzubiaga; el otro, de la misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque literato, no tenía vanidad literaria, o si la tenía era tan honda, tan subterránea, que no se le notaba.
Acudía al taller a distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los diversos pareceres de unos y otros, sonriendo a las exageraciones, terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.
Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente literaria o artística pudiesen reñir de aquella manera.
Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que comenzó a frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo las había perdido por completo.
Una de sus manías era hablar de tú a todo el mundo. A la tercera o cuarta vez de ver a una persona ya la tuteaba.