Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban a los bohemios, porque de noche volvían a reunirse en el café de Lisboa. Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la reunión, aunque sin voz ni voto.
Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía.
Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un ambiente de murmuraciones y de intrigas.
Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer caso de sus proyectos ni de sus discusiones.
Manuel creyó comprender que a Roberto le molestaba verle tan metido en la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.
—¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer—contestó Roberto—; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma por la boca.
—¡Pero si no tengo en dónde!
—Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás en sinvergüenza.
—¿Pero ellos?...
—Ellos yo no sé si han hecho o no indignidades; como comprenderás, eso a mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios, pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa. Quizá haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex, en esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo que se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el trabajo diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación, aunque sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le alimenta en su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos quieren hacer de golpe y porrazo una obra hermosa y no hacen más que hablar y hablar.