Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura.

—Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen unos a otros, conocen a los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte a la prensa; necesitarías siete u ocho años de preparación, de buscar amistades, recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes?

—No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero.

—¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos. Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo; repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre. Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero decirte que tengas voluntad.

Manuel contempló a Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto idioma.

CAPÍTULO II

La señorita Esther Volowitch.—Una boda.—Manuel, aprendiz de fotógrafo.

A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer nada útil, sirviendo de modelo a Alex y de criado a todos los demás que se reunían en el estudio.

Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba en contra de él.

—Yo ya sé—pensaba—que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me dice:—Ten voluntad.—Pero ¿si no la tengo?—Hazla. Es como si me dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me buscase un sitio donde trabajar?