Manuel comenzó a sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse a solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar a la práctica.
Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar, cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café, al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le vió el pelo.
—¿Dónde andará ese ganso?—se preguntaron todos.
Nadie lo sabía.
Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto a Bernardo Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía inglesa.
—¡Rediez con los tontos!—exclamó uno.
—Eso es cosa vieja—repuso otro—. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos, son los que tienen más éxito con las mujeres.
—¿De dónde habrá sacado esa inglesa?
—¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!—dijo un jovencito, aprendiz de sainetero.
—¡Uf! Se va uno a intoxicar aquí con esos chistes—gritaron varios al mismo tiempo.