Se pasó a hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando terminó la ovación, le preguntaron:

—¿Quién es esa inglesa?

—¿Qué inglesa?

—¡Esa chica rubia con quien te paseas!

—Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha a la que he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés.

—¿Y cómo se llama?

—Esther.

—Buena cosa para invierno—saltó el aprendiz de sainetero.

—¿Por qué?—preguntó Bernardo

—Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.