—¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!—gritaron todos.
—¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!—replicó impertérrito el jovencito.
Santín contó cómo había conocido a la polaca. Todos sentían alguna envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener cincuenta años, podía haber tenido dos o tres chiquillos con algún carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió a presentarse en el café.
Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se hizo el dormido.
—¿A qué vendrá éste?—se preguntó.
Bernardo saludó a Roberto y se puso a andar a un lado y a otro del estudio.
—Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?—dijo Hasting.
—Chico—murmuró Santín deteniéndose en su paseo—, te tengo que dar una noticia muy seria.
—¿Qué hay?
—Que me caso.