Manuel volvió a su casa, desalentado; se metió en la cama.
—Mañana voy a la imprenta—se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy temprano con este propósito; se levantó, se acercó a la imprenta, y, al ir a entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un escándalo, y no entró.—Si no es ahí, encontraré trabajo en otra parte—pensó, y volviendo por sus pasos se fué a la Puerta del Sol, después a la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso.
Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los talleres de la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no resonaban en el suelo.
Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa blanca.
Por la tarde volvió Manuel a acercarse a la imprenta, se asomó a ella y preguntó al maquinista por Jesús.
—Menuda bronca le ha echado el amo—le contestó.
—No que no. Anda, sube tú ahora.
Manuel, que iba a subir, se detuvo.
—¿Se fué ya Jesús?