—Le buscaré.

Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.

—Aquí estuvo—contestó el mozo—hasta que se cerró la taberna. Luego se fué, hecho un pepe, no sé a donde.

Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día siguiente a la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una inercia imposible de vencer.

En el corredor se encontró con la Salvadora.

—¿Hoy tampoco has ido a la imprenta?—le dijo.

—No.

—Bueno, pues no vuelvas más por aquí—añadió la muchacha, encolerizada—; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y si le ves a Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía.

Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día; en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la nieve; el agua negra corría por el arroyo.

Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía a Vidal; pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué a pasear por las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos mantos blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas. Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por una irradiación luminosa.